FUEGOS DE ENERO
A veces ocurren dos hechos personales al mismo tiempo: uno muy importante y otro menos importante, o quizás ni eso: nada importante. Pero con el paso de los años, ambos hechos quedan tan ligados que en el recuerdo no pueden aparecer uno sin el otro. Algo de eso me pasó con el enero del 87, cuando yo era un pibe al que solo le importaba que ganara Independiente.
El 25 de enero de ese año no fui a la cancha, así que escuché el partido por radio. No fui porque ese domingo mi mamá agonizaba en una habitación del Hospital Fernández: su cáncer de estómago se había acelerado tanto. Escuchar aquel Independiente - Argentinos fue una manera de distraerme. Pero no recuerdo nada del 4 a 2 con el que ganó Independiente. Lo que me quedó fue otra cosa, tal vez aún más insulsa que un partido en medio del dolor: que la hinchada le había cantado el feliz cumpleaños a Bochini. Me acuerdo del calor agobiante de ese verano en Buenos Aires, del quinto piso del hospital donde esperábamos el desenlace, de esa sensación de tristeza sin salida que me venía destruyendo desde hacía unos meses, de una remera manga tres cuartos Sun Surf blanca y naranja tan de moda entonces; pero sobre todo me acuerdo de ese gesto mínimo que me contaba un relator a través de mi pequeña radio blanca de un solo parlante: ese día Bochini cumplía 32 años, yo quería estar ahí.
El fútbol como posibilidad de escape.
Mi mamá murió dos días después, el martes 27 de enero a las nueve de la noche. Unos minutos antes estuve en su habitación. Pero al momento de su muerte esperaba en las escaleras, donde el domingo anterior había escuchado aquello del cumpleaños de Bochini. Recuerdo que una prima suya que estaba con ella apareció y dijo algo así como ya está. No pude llorar. Tardé varios años en llorar. Había llorado un mes antes, más o menos, cuando mi papá me dijo casi de sopetón y en medio de la cena que mi vieja -ya internada- no iba a volver a casa. Unos días después volvió a golpearme cuando me dijo, así, tal cual: ¿sabés de qué se muere mamá? De cáncer. Y no llores, porque te estás haciendo grande de golpe, antes de tiempo.
Hablo de los años 80, cuando el cáncer era sinónimo de muerte segura y mala palabra, tanto como SIDA. Había quienes creían que el cáncer era contagioso y no exagero. Otros, en cambio, le temían más a la palabra que a la enfermedad en sí. Como si decir SIDA o cáncer fuesen una maldición que llegaba por su sola mención.
El 87 significó, además, el declive de un Independiente brillante que había sido campeón del mundo en el 84. Un Independiente de alegrías que también compartía con mi mamá. Fui testigo de todo aquello desde la cancha, a la que iba desde que era muy chico cada domingo con mi viejo y con Antonio, mi padrino. Hay otra noche particular que me viene a la memoria cuando pienso en ese 87. Es la de un partido de Copa Libertadores en la que nos ganó Peñarol en Avellaneda. El equipo no daba pie con bola, la gente silbaba. Había como una sensación de pérdida, de un tiempo que se terminaba. Y que se terminó. Mamá había muerto y enseguida mi viejo decidió que nos teníamos que mudar y nos mudamos. Regaló a mi perro, CAI (algún día contaré de él), porque nos íbamos a un departamento y, según él, no había lugar para tenerlo. También nos robaron el auto; pasamos del coche propio al colectivo. Así que durante ese año perdí un montón de cosas.
Fue uno de los peores años de mi vida, centralizado en el 27 de enero. Pero eso cambió mucho después.
El 23 de octubre de 2009 Independiente perdió con Rosario Central 2 a 0 en Arroyito. Era un viernes de lluvia y ví el partido por tele, después de trabajar todo el día. Esa noche, además, Charly García hizo su histórico recital subacuático. Ese mismo día, un rato después, conocí a quien hoy es mi esposa. Cuando me contó que había nacido un 27 de enero no podía creerlo. Tengo un rollo con la relación casualidad-causalidad. Pero lo que quiero contar es otra cosa. Es que el domingo siguiente jugaban River y Boca y fui al Monumental para trabajar. Después del Superclásico pasé por el trabajo a devolver la notebook y volví a casa, donde ella me esperaba. Le dí un juego de llaves y no nos separamos más. Habían pasado apenas 48 horas desde que nos conocimos. Desde entonces, el 27 de enero es -lógicamente- más significativo aún. Ya no es una fecha horrible. Es, en todo caso, un simbolismo, un equilibrio en la fuerza. A veces amargo, muchas veces feliz. El tiempo acomoda las cosas.
Pienso bastante en eso. Pero lo que no me olvido nunca es que el 25 de enero cumple años Bochini.

