LA REVANCHA
En noviembre del 97, cuando perdimos 3 a 1 con San Lorenzo, hacía bastante que mi viejo y yo habíamos dejado la costumbre de ir juntos a la cancha, tal como lo hacíamos desde que yo apenas empezaba a caminar. Él lo miraba por televisión codificada; yo seguía yendo a la cancha solo o con amigos. Pero Independiente siempre era un puente entre nosotros: sin ir a Avellaneda juntos, el Rojo nos convocaba a través del teléfono. Así que después de los partidos hablábamos un rato largo sobre el resultado, el nivel de los jugadores y un montón de cosas más. Recuerden lo del 3 a 1 con San Lorenzo, porque volveremos a ese dato.
Ahora vamos a seguir con el llamado de aquel post San Lorenzo-Independiente. Yo estaba a 300 kilómetros de Buenos Aires pero no quería dejar de comentar el partido a pesar de la distancia. Así que lo llamé desde un teléfono público. Me atendió su pareja y antes de pasarme con él noté algo raro, como una duda. Mi viejo tardó en ponerse al teléfono y esa lentitud fue como un llamado de atención. Había algo en el aire, algo que no pude definir hasta unos minutos después. Le hablé del partido, de lo mal que jugamos y no mucho más. Él estaba en otra. Apenas despotricó. Le faltaba, a mi viejo, esa pasión con la que, para bien o para mal, se expresaba cada vez que hablaba de Independiente. Hubo un silencio incómodo que se cortó cuando me contó que el viernes, tras un estudio médico, le habían dicho que tenía leucemia.
No supe qué decirle y él intentó restar importancia al asunto. Le dije que esa misma noche volvería a Buenos Aires y que el lunes a la mañana lo esperaría en el Hospital Durand, donde lo atendía un médico de apellido Rendo; casualmente, el mismo apellido de un emblemático jugador de San Lorenzo: Alberto Rendo.
No importa que corté y me senté en el suelo a llorar. Tampoco importa que tuve miedo, mucho miedo; y la certeza de que no había salida. Me sentí ahogado, encerrado.
El lunes nos encontramos en el Durand. Lloviznaba y sin decirnos demasiado caminamos hasta el consultorio del doctor. La visita no duró demasiado, así que acompañé a mi viejo a que se suba a un taxi y volví para hablar con el médico. No me prestó mucha atención. Tal vez porque quería despejarme temores, pero no me tranquilizó demasiado.
Los que siguieron fueron seis meses tan eternos como dolorosos. Dejé de ir a la cancha para ver los partidos en la casa de mi papá. La campaña del Rojo era malísima, así que eso no ayudaba demasiado. Tampoco ayudaba el hecho de que empezó a entrar y salir del hospital. Se quedaba una semana internado, le daban el alta y volvía a internarse a las pocas semanas. Algunas noches dormía en su casa para hacerle compañía. Pero como su salud empeoraba casi no podía dormir de tanto miedo a que le sucediese algo en ese momento. Temía su muerte. No sólo la muerte en sí; si no mi reacción ante esa muerte. No quería enfrentar la muerte de mi padre. Quería estar lejos cuando eso sucediese, pero sabía que me necesitaba.
Una tarde de verano nos tomamos un colectivo hasta el Hospital Muñíz, donde tenían que hacerle un estudio. A la vuelta le recriminé algo. No recuerdo qué, pero sí recuerdo su cara de espanto: nos miramos sin decirnos nada. Creo que entendimos que estábamos viviendo ese momento en el que un hijo se transforma en padre de su padre. Aquel último verano que pasamos juntos transcurrió más en el Durand que en su casa.
Mantuvimos la costumbre de sufrir por Independiente. Cada domingo a la tarde escuchábamos el partido juntos. En la habitación del hospital no había televisión así que nos conformábamos con el relato radial. Nos alcanzaba para después seguir conversando, hasta que a la noche me volvía a mi casa.
Faltaba poco para el Mundial de Francia y mi viejo odiaba el esquema de Passarella al frente de la Selección. Lo puteaba porque Passarella era rígido al punto de no querer jugadores con pelo largo y porque convocaba a los de River, el equipo que más odiaba mi papá, por encima de Boca y Racing. Si Independiente no ayudaba, el seleccionado, menos. No pintaba bien el año futbolero en ningún sentido. Pero nadie imaginaba que el Rojo empezaba entonces una caída entonces inimaginable que aún continúa.
Para abril del 98, el estado de salud de mi viejo había empeorado, ya no saldría del hospital. Los médicos me decían que era cuestión de esperar, que no se podía hacer nada. De esos tiempos recuerdo la incertidumbre y el miedo que sentía cada vez que subía los siete pisos por escalera: iba preparado para que me dieran la peor de las noticias.
Mi padre murió el 14 de abril de 1998. Esta semana se cumplieron 28 años de uno de esos días que jamás olvidaré. George Simenon decía que “la fecha más importante en la vida de un hombre es la de la muerte de su padre. Es cuando no tienen más necesidad de él que los hijos comprenden que era el mejor amigo”. Aquella fue una noche de martes en la que no estaba en Buenos Aires. A la mañana siguiente adelanté el viaje de regreso y desde el aeropuerto me fui directo al Durand. El taxista escuchaba el partido amistoso de aquella Selección que mi viejo detestaba: en Jerusalén, el equipo de Passarella había perdido 2 a 1 con Israel. Me reí porque imaginé a mi viejo puteando y diciendo algo así como “¿viste? Te dije que este equipo va a hacer papelones en el Mundial”.
Ese mismo día, pero a la noche, Independiente recibía en Avellaneda a San Lorenzo. Les ganamos 3 a 1. Mi viejo ya no estaba para verlo ni para contarme sensaciones. No importa: jamás me olvidé de ese partido que, al menos para mí, sonó a revancha.

