NO QUIERO SER TYSON
“A veces me odio. Detesto mi vida y siento que no merezco nada. Nunca quise ser Iron Mike. Odiaba a ese hombre. Pero es el hombre en el que tuve que convertirme para sobrevivir”. Así se resume Mike Tyson (Brooklyn, Nueva York, 30 de junio de 1966) a sí mismo. Lo dijo tras sus intentos fallidos por salir de su propio infierno. Las luces de la gloria, cuando daba golpes y noqueaba a sus rivales, impedían ver al hombre verdadero. “¡Bien, Mike!”, “The best”, lo alentaba el público que le perdonaba todo. Bajo el ring su historia era otra. Violencia, cárcel, fiestas sexuales, drogas, coches caros, derroches, miedos. El cielo y el infierno. “Jamás me enseñaron cómo llevar mi celebridad. No les digo a los niños que está bien ser Mike Tyson. Los padres son mejores”, dijo. Esto es apenas algo de lo mucho que se puede leer en su estupenda bio Toda la verdad, publicada por Duomo Ediciones.
Ahora, con 60 años y a más de 20 de su retiro como profesional, Tyson se adapta a los tiempos. Muestra sus golpes mortales por redes sociales. En Instagram se lo ve entrenando como la bestia que siempre fue; en Facebook se presenta con frases que provienen de la autoayuda y con fotos de maestro zen. “Uno es su peor enemigo. Sé que yo soy mi peor enemigo”, es una de sus frases de cabecera. Alguna vez pidió 25 millones de dólares para volver a pelear con su archirrival Evander Holyfield; y antes se había alzado con 10 millones por una exhibición ante el ex campeón mundial Roy Jones Jr.
A veces se le suelta la cadena y da de comer a los medios escandalosos. Como cuando dijo que se drogaba con veneno de sapo porque le permitía experiencias alucinógenas: “Vi la muerte, y es hermosa”. También contó que tenía sexo antes de cada pelea con mujeres a las que escondía en sus vestuarios. Y así no para de alimentar al personaje Tyson.
Para 1986, y con 20 años, era el campeón mundial pesado más joven en la historia del boxeo. Además de ser una máquina de pegar, Tyson fue una máquina de cometer errores y pagar culpas. “Resulta increíble cómo la mezcla de una baja autoestima y un ego gigantesco pueden provocarte delirios de grandeza”, se redimió. Su escuela fue la calle. Conoció poco de su padre -apenas una salida anual de pocas cuadras- y vivió con su madre y sus dos hermanos donde podían: habitaciones alquiladas y hasta edificios abandonados. A veces compartían habitación con algún hombre que pagaba por sexo con su madre. Abandonó el colegio y se dedicó a cuidar palomas. Juntaba algunos dólares en peleas callejeras. A los 10 tenía arrestos, visitas a reformatorios y experiencias con ansiolíticos. Aprendió boxeo en la cárcel con el ex boxeador Bobby Stewart, quien lo contactó con Cus D’Amato, famoso entrenador que se convertiría en un padre para él. “Fue la primera persona que me trató bien en toda mi vida. La primera persona que creyó en mí”, diría Tyson. Su muerte, el 4 de noviembre de 1985, sin poder verlo campeón, fue un mazazo. Luego se unió al promotor Don King. El asunto se desbarrancó.
“Un día un individuo me agarró por la calle y me llevó a un edificio abandonado en el que intentó abusar de mí. Jamás me sentí a salvo en aquellas calles”, contó Tyson. “Yo dormí con mi madre hasta cumplir los quince. Una vez mi madre se acostó con un hombre estando yo en su cama. Probablemente creyó que dormía. Estoy seguro de que me impactó, pero así eran las cosas. Cuando apareció su novio Eddie Gillison me dieron la patada al sofá”. Una vez Eddie le pegó a su madre. La mujer le arrojó agua hirviendo delante de Mike, entonces de 7 años, que sufrió las salpicaduras.
Sus compañeros de la escuela le pegaban y lo cargaban. “Pequeño Mariquita”, “apestoso” o “cabrón apestoso”, recuerda que le decían porque no se bañaba: en su casa no había agua caliente ni gas.
“Vamos a conseguir algo de dinero, enano”, le sugirió un vecino más grande. “Entramos en las casas de la gente. Yo me colé, como me dijo, por las ventanas, pues eran demasiado pequeñas para él. Una vez dentro, iba a abrirle la puerta; luego revolvía los cajones, abría las cajas fuertes, los desplumaba del todo. Nos agenciábamos cadenas, joyas, pistolas, dinero en efectivo”. De los 2200 dólares que robó en una casa, su cómplice le dio sólo 600. Se gastó 100 en palomas. Nunca se animó a pelear en la calle hasta que descubrió a un vecino robandole una y se le plantó. Desafiante, el vecino cortó el cuello al ave y se la arrojó a su cara. Mike no dudó, lo golpeó y se ganó el respeto. Empezó a pelear por dinero y le iba bien. “Ganaba con frecuencia. Aunque perdiera, los tipos que me ganaban decían: ‘¡Joder! ¡Si sólo tienes once años!’”. Se sentía imparable para pelear y para robar. Empezaron sus entradas a la cárcel. “Dijeron que era hiperactivo, de modo que empezaron a darme Thorazine. Se saltaron el Ritalin y fueron directamente a la gran T; eso es lo que les daban a los jodidos negros malos en los setenta”.
Si le pedía a su madre que le devuelva algo del dinero con el que ayudaba en la casa, le contestaba: “Tú me debes la vida, chico. No voy a devolverte nada”. Para sobrevivir se repetía como un mantra una frase de D’Amato: “Cada día y de todas las maneras, no hago sino mejorar y mejorar”. Cus le dijo que si se convencía de ser campeón del mundo, lo iba a lograr. Y le ordenó que no mostrara compasión con los rivales al menos hasta después de noquearlos.
Empezó a entrenar en la casa de Cus. De su biblioteca tomaba libros. Oscar Wilde, Charles Darwin, Maquiavelo, Tolstói, Dumas y Adam Smith. Pero fue Nietzsche quien le cambió el panorama: “Me hizo creer que podía ser Superman”. Mao y el Che Guevara. Dostoievski, Marx, Shakespeare, Hemingway. Aprendió de memoria una frase de Tennessee Williams: “Debemos desconfiar los unos de los otros porque ése es el único modo de protegernos mutuamente de la traición”.
El 6 de marzo del 85 debutó como profesional ante Héctor Mercedes. Lo dejó de rodillas en el primer asalto. Las chicas caían a sus pies, se hacía famoso y de pronto compartía mesas con David Bowie, Drew Barrymore, Gay Talese, Norman Mailer, Robert de Niro y Joe Pesci. Visitaba la casa de Liza Minnelli y charlaba con Raúl Juliá o Tom Cruise.
Cuando se enteró de que su madre padecía un cáncer irremediable fue a visitarla al edificio decrépito donde agonizaba. “Hola, mamá, soy el luchador más grande del mundo. No hay un solo hombre vivo capaz de vencerme”, le dijo. “¿Te acuerdas de Joe Louis? Siempre hay alguien mejor, hijo”, le devolvió ella.
Compró mansiones, autos caros, tenía sexo con diez mujeres a la vez; a veces en su limusina. Se filmaba. “Me concedí todos los caprichos. En Las Vegas podía tener hasta diez mujeres en mi habitación de hotel. Cuando debía bajar a una rueda de prensa, llevaba conmigo a una, y dejaba al resto para cuando regresara”. Tenía su harén de Las Vegas, el de Los Ángeles, el de Florida y el de Detroit. Conoció a Naomi Campbell. Seguían las fiestas. Silvester Stallone, Bruce Willis y Brigitte Nielsen. Versace le regalaba ropa. “Tenía todo lo que quería, pero no era feliz”, recuerda.
El campeón que vitoreaban desde el ring side o frente a televisores de todo el mundo perdía en las sombras. Se casó con Robin Givens. La relación con ella y su suegra era horrible, dice. Le sacaban dinero y lo subestimaban. Él se iba de la casa para no soportarlas. “Dos víboras”, las definía. Y de Don King: “Un cabrón reptiliano, falso y despreciable”. Gastaba millones en joyas para regalar a sus amantes. Grababa videos porno con sus amigas. Se emborrachaba, chocaba autos, se peleaba en la calle. Y engordaba: llegó a pesar más de 120 kilos. Pero casi se descontrola al ver a su esposa junto a Brad Pitt en el interior de un auto “Deberíais haber visto la cara que puso Brad cuando me encontró”, recordó Tyson en sus memorias sobre el susto del actor.
De todo lo malo, nunca olvidará el infierno tras ser acusado de violar a la modelo de 18 años Desiree Washington en un habitación de hotel. 10 años: 6 efectivos y 4 de libertad condicional. Fueron 3. “No violé a Desiree Washington. Ella lo sabe, Dios lo sabe y las consecuencias de sus actos es algo con lo que tendrá que vivir el resto de sus días”, se cansó de repetir aún después de recuperar la libertad por buena conducta en marzo del 95. Al año perdió ante Evander Holyfield y en 1997 ocurrió aquella mordida con la que le arrancó un pedazo de oreja en la revancha. “Estaba encolerizado, era un soldado falto de disciplina y perdí los papeles: le mordí la oreja. La furia me consumía”.
¿Cómo no cansarse de llevarse puesto? ¿De qué manera se puede frenar el torbellino de la fama mientras el fantasma interno hace estragos? En 2003 estaba en rojo. Endeudado. Le diagnosticaron depresión crónica. “Aunque entre 1995 y 1997 había ganado en torno a 114 millones de dólares, me lo había gastado prácticamente todo, a lo que se sumaba una deuda fiscal pendiente por valor de 10 millones. Me quedaban unos 6 millones en el banco. Tantos años esnifando cocaína, bebiendo, fumando hierba y follando con una aberrante cantidad de mujeres estaban pasándome finalmente factura”.
“Así es como nos ganamos el pan. Ya no te dedicas a combatir”, le devolvió su nueva pareja, Kiki, cuando Mike se quejó por su trabajo de prostituta. “Estábamos tan en la ruina que, cuando íbamos de compras, teníamos que ir contando los artículos que metíamos en el carrito con el fin de asegurarnos de que no excedíamos el presupuesto”.
En 2009 recibió la noticia de la muerte de su hija, Exodus. “Perder a Exodus acarreó el mayor sentimiento de amargura y desamparo que he padecido en la vida”. Los 200 mil dólares de la atención médica y el funeral los pagó gracias a donaciones. Entonces se le hizo imposible dejar las drogas. Se escondía de sus hijos para consumir.
Las exhibiciones por el mundo ayudaron a recuperar dinero. Recorrió canales de televisión como showman. En 2005 habló de la pobreza con Diego Maradona, en La noche del diez. Fue un momento inolvidable. Vean los videos. Volvió a visitar Argentina en 2016, aunque para presentar su unipersonal en el Luna Park: La verdad indiscutible. Desde el 2012 cuenta su vida y recauda. Empezó en su conocida Las Vegas y siguió por América y Europa. El texto fue readaptado por Spike Lee en 2013. Con el escritor Larry Sloman hizo Toda la verdad. Es imperdible.
“A pesar de tener una esposa y unos hijos encantadores, siento que he desperdiciado mi vida”, suele repetirse. A veces, cuando su ánimo le da algún respiro, recuerda aquel mantra que le enseñó Cus D’Amato: “Cada día y de todas las maneras, no hago sino mejorar y mejorar”. Y cómo sea sigue descargando una furia de 60 años.


Es muy cruda su autobiografía, pero ahí empezás a entender muchas de las cosas que le pasaron. Es un milagro que haya sobrevido después de todo eso