REYES DEL MUNDO
Por estos días se puede ver en Netflix el documental The New Yorker cumple 100 años. Aunque se acaba de estrenar, la realidad es que la revista semanal de crónicas, ensayos y entrevistas cumplirá 101 años: fue fundada el 17 de febrero de 1925.
Durante su hora y media de duración, podemos apreciar su historia desde sus fundadores a la actualidad. Lo que se ve es un homenaje a un periodismo en extinción. En medio de despidos de periodistas en todo el mundo y de una crisis económica y tecnológica de los medios de comunicación, el New Yorker intenta mantenerse en pie a la vieja usanza. Su redacción es pequeña. Los periodistas son cada vez más free lance. Y los correctores de textos y los editores periodísticos son fundamentales, cosa que ya no ocurre en los grandes diarios y revistas, cuando la urgencia por publicar se volvió norma.
The New Yorker cumple 100 años hace hincapié en esa corrección de textos: se leen las notas las veces que haga falta, se chequea todo y se llama al autor de cada artículo para verificar datos o señalar dudas. Cada nota es un trabajo artesanal que no termina cuando el periodista hace su entrega. En sus páginas escribieron Woody Allen, Hannah Arendt, Julian Barnes, Truman Capote, Raymond Carver, John Cheever y los Pulitzer Seymour Hersh y John Updike, entre otros.
Uno de los que más aparece es su director actual: el periodista David Remnick. Es en él en quien me quiero detener. Tiene 67 años (29 de octubre de 1958) y es autor de crónicas y libros que me impactaron. Entre ellos, el libro Rey del mundo (publicado a fines de los 90), en el que cuenta la vida de Muhammad Alí. Y el otro, Reportero, imprescindible para quienes quieran leer periodismo en serio. Recibió el Pulitzer por su libro La tumba de Lenin: Los últimos días del Imperio Soviético, publicado a mediados de los 90. Remnick lo escribió aprovechando su experiencia como corresponsal en Moscú del The Washington Post, el diario que por estas horas acaba de despedir a 300 empleados.
Rey del mundo es un extenso perfil sobre Alí, el deportista más contado de la historia en todos los formatos. Que además fue contado por autores de trayectoria tremenda. Lean, si no, El combate, de Norman Mailler, para entender cómo se puede contar a alguien con la excusa de una pelea. Pero lo que hace Remnick en Rey del mundo es otra cosa. Cuenta a Alí a la vez que cuenta al mundo en que Alí creció y vivió. Refiere a las cuestiones sociales, tan ligadas al boxeo y sobre todo a los Estados Unidos. Es, en otras palabras, una clase de historia también del boxeo.
Fíjense, si no, cómo empieza el libro: “En la mañana del combate, el campeón del mundo de los pesos pesados preparó sus cosas en plan perdedor. Floyd Patterson, a pesar de la velocidad de su mano, a pesar de las horas que se pasaba en el gimnasio, era la persona más insegura de todas las que alguna vez habían poseído el título de su categoría. Siempre hubo perdedores, oponentes profesionales, tongueros, desconocidos que sufrían lo mismo que él, individuos cuyo único placer, cuando ganaban, era el de experimentar un momentáneo alivio en su sentido de la humillación y la derrota; pero Floyd Patterson era el campeón del mundo, el más joven campeón del mundo de todos los tiempos”.
Recién después aparecerá el protagonista, pero Remnick ya nos ha seducido para meternos en el texto. Volverá a jugar con los tiempos, los hechos y los nombres, como cuando, promediando el libro, nos lleve al pasado: “En Estados Unidos, el boxeo nació de la esclavitud. Al modo de los emperadores romanos, que acudían al Coliseo a contemplar peleas entre personas de su propiedad, los plantadores sureños se divertían juntando a sus esclavos más fuertes y haciéndolos enfrentarse, por juego y para apuesta. Los esclavos llevaban collares de hierro y solían pelear hasta el borde de la muerte. Frederick Douglass se oponía al boxeo y a la lucha no sólo por lo que tenían de cruel, sino también porque sofocaban el espíritu de rebeldía”.
Pero también describe la posición ideológica de Alí en un Estados Unidos racista y tan violento como ayer y hoy: “El propio Alí, que ganaría millones de dólares en el ring y que se haría famoso y se granjearía el cariño de la gente por su talento para pegar a otras personas, veía con cierta prevención el espectáculo de dos negros peleando: ‘Se te quedan mirando y te dicen: Buena pelea, chico. Eres un buen chico. Muy bien’, dijo Alí en 1970. ‘No consideran que los púgiles puedan tener cabeza. No consideran que puedan ser hombres de negocios, ni seres humanos, ni inteligentes. Los boxeadores no son más que brutos que vienen a entretener a los blancos ricos. Pegarse entre ellos, y romperse la nariz, y sangrar, y actuar como monitos para el público, y matarse por el público. Y la mitad del público son blancos. En lo alto del ring no somos más que esclavos. Los amos escogen a dos esclavos grandes y fuertes y los ponen a pelear, mientras ellos apuestan: A que mi esclavo machaca al tuyo. Eso es lo que veo cuando veo a dos negros peleando’”.
El otro libro, Reportero, tiene varios perfiles y entrevistas. Al Gore, Tony Blair, Philip Roth, Vladímir Putin y Benjamin Netanyahu, entre otros. Pero cada tanto releo una crónica que me parece perfecta, un mecanismo de reloj. Esa que Remnick publica bajo el título Estamos vivos: Bruce Springsteen a los sesenta y dos.
Ahora, con 76 años (23 de septiembre de 1949), Springsteen sigue vivito y coleando. Se presenta en vivo, saca discos, su banda suena cada vez mejor, se rodea de amigos y no deja de protestar contra las injusticias de su país. No se calla ante Trump. Convoca a su público a solidarizarse, a pensarse acerca de dónde están parados. Desde hace años recuerda que el sueño américano es una farsa. “Fuera ICE”, dijo algunas días atrás, en un recital. No en vano sigue siendo El Jefe (acá, un libro sobre Miguel Mateos si tituló El jefe, como si pudiese haber comparación).
Entre tantos documentales y shows que hay sobre él, el cine acaba de rendirle homenaje con Springsteen: Deliver Me from Nowhere (Springsteen: Música de ninguna parte). Jeremy Allen White interpreta a Bruce. Hace unos pocos años, Random House publicó sus memorias, que se pueden conseguir en español. Pero entre tanta oferta, yo me sigo quedando con lo que escribió Remnick.
Bruce Springsteen a los sesenta y dos no es sólo un retrato de época. Es una mirada aguda, pensada y perfectamente descripta sobre un ser humano que además hace música. Remnick lo baja del escenario, lo pone al lado de sus lectores. Logra lo que sólo se puede lograr cuando se hace buen periodismo. Incluso se codea con sus músicos. Entre ellos, el mítico Steven Van Zandt, amigo de Bruce y a la vez su director musical. Van Sandt es otro que también tiene documental propio: creció a la sombra de un genio y hoy no sabemos quién de los dos es más importante para que la música de Springsteen siga en los escenarios.
“Springsteen se niega a ser un administrador mercenario de su pasado”, escribe Remnick. Una mirada, un momento, le sirven para contar detalles: “Springsteen llegó y saludó a todos con un lacónico hola y su característica risita. Mide 1,75 y anda con un balanceo de jinete de rodeo. (…) La línea del pelo va retrocediendo y se adivina que, con el paso de los años y enfrentado al escrutinio en alta definición y a la lucha contra el tiempo, ha disfrutado de las costosas atenciones de especialistas en cosmética y dentición. Sigue siendo insultantemente atractivo y estando asombrosamente en forma. (‘Tiene casi la misma talla de cintura que cuando le conocí, cuando teníamos quince años’, dijo Steve Van Zandt, que no se conserva igual.) Parte de ello tiene que ver con sus costumbres abstemias. Van Zandt aseguró que Springsteen es ‘el único tío que he conocido, absolutamente el único, que nunca ha tomado drogas’. Ha seguido más o menos el mismo régimen de ejercicios durante treinta años; corre en una cinta y hace pesas con un entrenador. Y le ha dado resultado; su tono muscular es similar al de una pelota de tenis nueva”.
Remnick nos lleva, entonces, a través de la vida de Bruce. La infancia sin un peso, la importancia de sus padres trabajadores, la desazón de los obreros, la industria, la muerte de su padre (“siempre queda algo por decir”, le resigna Springsteen a Remnick).
Suelo escribir sobre deportes y literatura como una excusa para contar, también, al mundo. Remnick es mi excusa para, a través del boxeo, contar un poco más y ese poco más es Springsteen. Pienso en él porque sigue vigente y porque grita ante la injusticia de un mundo cada vez más violento.
Días atrás, cuando se entregaron los Grammy, Bud Bunny, el más premiado (apenas 31 años, nacido en Puerto Rico), despertó a todos para que no nos dejemos llevar por el patoterismo de los que mandan. Este fin de semana será una de las figuras en la final del Super Bowl (Seattle Seahawks - New England Patriots, en el Levi’s Stadium de Santa Clara, California). Hablará, cantará. El fascismo está atento y temeroso a lo que diga.
¿Por qué desde el deporte no se escuchan tantos reclamos sociales? Son imprescindibles hoy los Muhammad Alí, los Maradona, los Eric Cantoná o los Colin Kaepernick. Pero la fuerza del deporte es tanta que una voz puede despertar conciencias tan necesarias. Y sin embargo…
…Sin embargo ahí está Mauricio Pochettino, ex futbolista argentino y actual DT del Seleccionado de los Estados Unidos, organizador del Mundial. Pochettino, sometido a los mandatos de Trump, le dijo a su dirigido Timothy Weah, quien se había quejado del precio de las entradas para el Mundial, que no hable, que no opine: “El jugador tiene que hablar en la cancha, jugando al fútbol, no afuera. No es su deber evaluar el precio de las entradas”.
Pero lo bueno es que está Pep Guardiola, quien en un recital en repudio a los crímenes que se realizan en Palestina contra inocentes de todas las edades dijo: “Estamos con ellos, con todas las causas. Esto es un manifiesto por Palestina y por toda la humanidad. Cuando veo un niño en estos dos últimos años, por la televisión, grabándose a sí mismo, preguntándose dónde está su madre, que está derribada bajo las ruinas y él todavía no lo sabe, siempre reflexiono, ¿qué deben pensar? Pienso que los hemos dejado solos y abandonados. Siempre pienso que nos dicen ‘¿dónde están? ayúdennos’, y hasta ahora no lo hemos hecho (...) Estamos delante del mundo para demostrar que estamos del lado de los débiles”.
Poco después, me gustó mucho un texto que subió Fabián Casas a su Instagram: “Pep Guardiola hace poco, en una charla explicó de manera contundente el genocidio palestino que está provocando Israel. Hace muchos años se le ocurrió el concepto táctico del doble nueve. Y llamó a Messi a la concentración para explicarle cómo iba a jugar de ahora en adelante. Sería genial que lo vuelva a llamar para explicarle lo que está haciendo Israel con Palestina”.


