VALOR SENTIMENTAL
“Para nuestra familia, el Diego es lo más grande que hay”, dice desde Italia, donde vive, Lautaro Toresani, hijo del recordado Julio César, el Huevo. Ex futbolista de Colón, de River y de Boca que se peleó con Diego en medio del Boca 1 - Colón 0 del 7 de octubre de 1995. Esa tarde Diego volvía al fútbol profesional tras una suspensión de quince meses por doping positivo. Fue cuando Diego soltó una de sus frases memorables: “A Toresani le dije en la cancha que yo vivo en Segurola y Habana 4310, séptimo piso. Y vamos a ver si me dura dos segundos”. La anécdota la rescató (y actualizó) Luciano Fontenla, autor de Diego y Boca - Una historia de amor (Planeta).
Es, al fin de cuentas, un libro que faltaba para los hinchas de Boca. La mirada pura y exclusivamente del Diego bostero. El que decía que su hinchada era la mejor del mundo, que estaba y estaría siempre con ellos a muerte; el que en sus primeros años hizo todo lo posible para pasar de Argentinos a Boca en vez de River o Barcelona. El mismo bostero que arengaba, eufórico, desde su palco en La Bombonera a punto de caerse mientras lo sostenían. El Diego que se peleó con Riquelme y dividió aguas. El que tuvo su partido homenaje (“nunca despedida, eh”) en la Bombonera.
Fontenla acudió a archivos de época, chequeó datos y consultó fuentes. Lo del hijo de Toresani, que además le contó que tiene tatuada la firma de Diego en una pierna, es apenas una muestra. Y Lautaro recuerda que cuando su padre (fallecido el 22 de abril de 2019) la estaba pasando mal, fue Diego quien lo quiso llevar a trabajar con él a Sinaloa.
El primero de los recuerdos de Fontenla tiene que ver con una tarde de los 80, cuando Diego causó uno de los primeros revuelos de su vida: jugando para Argentinos salió a precalentar con una camiseta de Boca. Fue, como en el caso anterior, también ante Colón de Santa Fe. “Era muy pibe, aún le faltaba experiencia. Y varias veces me hablaba de que quería jugar en Boca y que era el equipo que tenía la mejor hinchada”, le dice su ex compañero Humberto Minutti a Fontenla.
Diego y Boca da por sentadas varias cosas, salvo una: la del “tercero en discordia”: la versión acerca de que Diego era hincha de Independiente. Fontenla, entonces, salió a buscar más. Diarios, revistas, videos. Desde el fondo de los tiempos hasta lo más actual. Por unas líneas, Fontenla se jactó de la bostería de Diego, pero unas líneas después dudó cuando encontró reportajes “realizados en sus primeros meses como profesional, en los que declara ser de Independiente y Argentinos Juniors”. Y después: “Iba a verlo (a Independiente) en los partidos oficiales, en la Copa, en los amistosos. Los miércoles, los domingos, los viernes a la noche en los partidos televisados”. Sin embargo, Fontenla decide salvar la situación: “Con el paso de los años, su relación con Independiente quedó para él apenas como un amor adolescente, que fue resignificando. ‘Yo soy bostero. Era de Independiente en la Copa, me llevaba mi cuñado y me volvía loco. Pero siempre fui de Boca. Boca es un sentimiento’, dijo en 1986. De allí en adelante, y hasta el final de sus días, relató los acontecimientos de ese mismo modo: que su vínculo con Independiente se daba por la admiración a Bochini y porque un cuñado lo llevaba al estadio de la Doble Visera. Una excepción fue en 2019, cuando recordó una cena que tuvo con el 10 del Rojo, la cual habría sido el motivo inicial por el que decía ser hincha del equipo de Avellaneda”. Para Fontenla, asunto terminado.
El período europeo de Diego, entre el Barcelona y Nápoli, también es una excusa para recordar que pudo haber regresado a Boca. Compara la humildad de Nápoles con la del barrio de la Boca. Y aprovecha para tirar un palo a River al recordar que el debut de Diego con los napolitanos fue en un amistoso en el San Paolo contra River. “No era un superclásico, pero en algo se pareció”, sostiene. Y recuerda la chicana de ese partido: “Cuando los jugadores de River estaban formados para el saludo inicial en mitad de cancha, aparecieron tres gallinas vivas delante de ellos. Todo adornado por una gran bandera de Boca en el sector del Comando Ultra de la popular B, tal como lo detalló Natalio Gorin en su crónica para El Gráfico. Los diarios italianos también retrataron la escena de las gallinas con curiosidad, pero sin mayor información sobre los responsables”, se lee. Y acá el mérito de Fontenla: “La respuesta llega cuarenta años más tarde, por vía telefónica desde Nápoles. Salvatore Carmando, fisioterapeuta que trabajó en el club italiano desde 1974 hasta 2009, ríe sonoramente cuando se le pregunta si recuerda el episodio y si fue ideado por Maradona. ‘Sí, lo recuerdo, fue una broma que hizo un hincha del Nápoli, no recuerdo su nombre, a pedido de Diego’”.
Los 90, sabemos, volvieron a ser años bosteros para Diego, quien amagaba con volver al club, llegaba, se quedaba, se iba, volvía, amagaba de nuevo con irse y así. No pudo repetir el título del 81, pero casi. Se lo sacó el Vélez de Bianchi cuando todo se encaminaba en favor de aquel Boca que se ilusionaba con el regreso de Maradona. En medio de eso, los rumores de antidopings positivos, las quejas de sus colegas (como los racinguistas Gustavo Costas, Sergio Zanetti y Jorge Reinoso) por supuestos favoritismos que no existieron y sus escapadas nocturnas. Más Diego, imposible.
Ahí aparece el recuerdo de Carlos Fren. Un recuerdo que emociona por cómo lo cuenta el ex futbolista y coequiper de Maradona en varios de sus proyectos como entrenador. “Se me puso a llorar, me dijo que tenía razón pero que lo que le pasaba era más fuerte que él”, recuerda Fren sobre una charla en la costanera de Buenos Aires, cuando uno quería irse a dormir y otro quería meterse en el fondo de la noche.
Casi como al pasar, personajes anónimos reviven a Diego. Como el mecánico Sergio Busnelli, quien le enseñó a manejar el Scania con el que se aparecía en los entrenamientos. Y otros más conocidos también hacen sus aportes: Guillermo Coppola describe un proyecto nunca concretado con el que Maradona quería recorrer el país para hablar con su gente y contar sus experiencias.
Dejo dos hechos para el cierre de este texto; ambos suceden en La Bombonera. Y ambos los remarca Fontenla. El primero es el de su partido homenaje y se lo recuerda Dalma al autor del libro: “Cierro los ojos y lo puedo volver a ver en ese momento, muy emocionado, conmigo de un lado y Gianinna del otro, y yo pude ver la cara de todos los hombres llorando desconsolados, agradeciendo a un tipo que también estaba llorando. Y recuerdo con mucha ternura que, en su discurso, mientras hablaba, se estaba abrazando a él mismo”.
El segundo es mucho más acá en el tiempo y Fontenla lo cuenta en las últimas páginas, cuando la lectura parece avanzar más rápido. Me refiero a la intimidad que se vivió en la Bombonera la noche en la que el Gimnasia y Esgrima La Plata dirigido por Maradona visitaba al Boca de Carlos Tevez que le peleaba el campeonato a River. Esa noche, River perdió con Atlético Tucumán y Boca ganó y fue campeón.
“Fue tal el caos por los festejos en el estadio, que fue suspendida su conferencia de prensa. Terminó saliendo del lugar en medio del tumulto, y se subió a la camioneta de uno de sus asistentes. Atravesó el barrio de La Boca por última vez, entre las decenas de celebraciones que brotaban en las calles”. Testigos del momento le recuerdan a Fontenla que Diego “rió y lloró como un niño”. Y que dijo algo así como “Boca es gran parte de mi vida. Di todo por esos colores”.
Fue el 7 de marzo de 2020. Dos semanas después empezaba la cuarentena por Covid 19. Ya conocemos el final de esta historia.


